viernes, 9 de junio de 2017

"Nos hemos sentido muy a gusto" ( Albergue de SM Piedralaves 2017)




El domingo por la tarde, mientras volvíamos a Madrid, venía yo pensando en lo rebién que lo habíamos pasado y lo majos que habían sido en el albergue, cuando de repente se me ocurrió que la mejor forma de agradecerlo -en los tiempos que corren- sería hacer un buen comentario en alguna de las páginas que recogen valoraciones de este tipo de instalaciones.

Así pues esa misma noche se lo propuse a Patrick.
Me dijo que le parecía bien pero me sugirió, además,
 hacer algo un poco más extenso y añadir una entrada en el blog.
La verdad es que este tipo de experiencias, tan enriquecedoras, hay que compartirlas.
 Un comentario en un simple tablón puede hacer que alguien que se lo planteó pero no llegó a animarse, lo haga el próximo año.

Así que ... aquí estoy.


Me apunté a esta aventura "in extremis", gracias a que Patrick, en su incesante labor proselitista me susurró en la última excursión de Sigleros: "oye, Juanma, ¿y por qué no venís al albergue?..."

Así pues, en un alarde de desorganización organizada, mis dos medianos y yo preparamos la salida prácticamente el día antes.

Mientras nos alejábamos de Madrid pensaba en las cosas que podían salir mal, en que no había tenido tiempo de investigar un poco qué ofrecía la zona, en que no había cotilleado siquiera la página del albergue, en que no conocería a la mayor parte de la gente...

Llegamos tarde, imposible hacerlo mejor. Patrick nos recibió como siempre, con su paz contagiosa que sirvió de ruptura con la semana, con el mundo de siempre, con la vida rutinaria y repetitiva.

Nos instalamos y enseguida... a cenar. Pero antes conocimos a Vanesa, la encargada del albergue.
Creo que no exagero si digo que es un cielo de mujer. Eficiente como la que más, y muy muy agradable.

La comida que nos ofrecieron, para ser un albergue, estaba buena. Tortilla, calamares a la romana, paella, sopita de pollo, pasta y muchas alitas nos sirvieron para recuperar fuerzas durante unos días de hiperactividad bienhechora.

Después de la cena, descubrimos el mini-golf y en él a las que serían nuestras compañeras de juegos durante el resto del fin de semana.


El albergue cuenta con unas canchas de baloncesto y fútbol sala cubiertas, el mini-golf, una cancha de voleibol, tiro con arco, varias mesas de ping-pong e incluso un pequeño circuito de multiaventura, con tirolinas, pasajes elevados entre los pinos y hasta un rocódromo para que los niños hagan sus primeros ensayos. ¡Ah!, y -como no- una piscina en perfecto estado.
Las zonas de ocio están muy bien conservadas, lo que en un albergue que a partir de estas fechas hace lleno tras lleno me parece un auténtico lujo.
Pero a pesar de eso, están lejos del nivel de las instalaciones de servicio (comedor, baños, alojamientos, ...). Todo lo que yo pude ver estaba simplemente perfecto: limpio, sin desperfectos, papel donde tenía que haberlo, las jaboneras siempre con contenido, las papeleras en su sitio, las camas sorprendentemente cómodas, ....


Abrimos el sábado con una bonita excursión por los alrededores. Y hablando de alrededores...  ¡menudos alrededores! Impresionante paraje de naturaleza explosiva, con castaños, nogales, pinos, alcornoques, jaras, cerezos, higueras, ... y muuucha agua.
 


Es más, a unos pocos cientos de metros del albergue hay unas piscinas naturales espectaculares, tan bonitas que es imposible resistirse a darse un chapuzón en ellas a pesar de lo gélido de sus aguas.


Justo cuando empezaba la comida, una traviesa tormenta nos dejó sin agua por un rato. Sin mayor problema: Vanesa movió cielo y tierra para que se quedara en una mera anécdota.



Después de la comida, más juegos, un taller de pintura para la gynkana pirata y por supuesto más vida social, más alegría.














La oscuridad trajo la duodécima para los futboleros, y música en vivo para el resto.



Sé que hubo más actividades esa noche pero estaba tan felizmente agotado, que me fui a la cama como uno más de los pequeñajos.
Y por fin el domingo.
Ese día el aire era algo más denso. Quizás por la amenaza de lluvia. Quizás que se acababa el fin de semana...
El Tai Chi desperezó a los madrugadores
 y después de desayunar los más valientes empezaron ya a desalojar las habitaciones. Mientras tanto el resto seguimos jugando y volvimos a sentirnos vivos dentro de las piscinas naturales.

Sobre las cuatro de la tarde, el inolvidable fin de semana terminaba.


No puedo acabar, por desgracia, sin comentar un par de incidentes por nuestra parte. Unos niños del grupo arrancaron algunas estacas de la zona de tiro con arco y tiraron una piedra sobre el tejado de una cabaña, causando la rotura de una teja. No puedo olvidarme de esta parte por dos razones: la primera que tenemos que aprender a estar un poco más pendientes de nuestros pequeños y la segunda que -una vez más- la gente del albergue demostró su categoría proponiéndonos desde el primer momento el asumir el arreglo de los desperfectos (aunque finalmente no fue asi ).

¡Y esto es todo!

Gracias, Sigleros, por unos días tan bonitos y gracias también a Vanesa y a sus compañeros por hacernos la estancia tan agradable.


Juanma (papa de los Sigler@s Montañer@s Rosa Candela 3 años colegio siglo xxi y Guille  y Alex  de colegio Obispo Perelló)






















miércoles, 24 de mayo de 2017

Mi primera excursión con Sigleros Montañeros (un Tejo centenario, una Cascada y un Abedular)





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El domingo 21 de mayo me uní a mi primera excursión con el Grupo Sigleros Montañeros. El día era muy bueno, nublado, temperatura suave, con amenaza de lluvia leve pero no de tormentas importantes. 


La elección del lugar prometía. La compañía estupenda. Y la chavalería inquieta, sin parar, debió hacer casi todo el camino corriendo y jugando, salvo los más peques, a los que sus padres debieron llevar en brazos un buen tramo.


Grandes piedras, enormes pinos, acebos, tejos, daban a rutas y senderos sombríos y frescos, una vez que nos apartamos de la pista principal. En el punto mirador, con una buena panorámica del Valle del Lozoya hicimos una estupenda foto de grupo. Visitamos un viejo tejo de más de 500 años, declarado árbol singular, y bajamos hacia arroyo del Sestil, donde el abedular y el bosque de ribera contrastaban con el pinar vecino.
Ahora todo el monte verdea, pero el previsible contraste de colores del otoño hacen al lugar merecedor de otra visita en el mes de octubre.





 En la cascada de Mojonavalle, idílico y fresco lugar donde vierte aguas el mencionado arroyo, paramos a comer, mientras los chavales no paraban de subir y bajar por las piedras de la caída de agua.
 Una suave lluvia nos acompañó en el último tramo, desde un cerrado centro de naturaleza, donde volvimos a la pista principal y por allí a la zona recreativa donde iniciamos el sendero. 

Sergio

Gracias Sergio Benitez, vecino del distrito de Moratalaz,
 por estas hermosas palabras